El origen del término “Tapa” tiene varias versiones, pero la más respaldada y pintoresca data de la época de Alfonso X “El Sabio” Rey de Castilla y León allá por 1252, quien al detenerse en una posada cerca del camino pide una copa de vino para saciar su sed. Pero el viento de la comarca le juega una mala pasada y levanta una polvareda que se le introduce en la copa. Al devolverla y pedir otra, el posadero tiene la genial idea de “tapar” la copa con una loncha de jamón crudo, ante lo cual Alfonso X “El Sabio” decide degustar el jamón mientras bebe su vino y al terminar le pide al posadero otra copa de vino advirtiéndole: -”¡…y no os olvidéis de la tapa!!
Tal vez haya otras variantes del origen de las tapas, pero ésta es la que preferimos adoptar no sólo por tener fundamentos bastante sólidos, sino también por simpática y pintoresca.
Hay otras vertientes que dicen que los taberneros comenzaron a incluir como acompañamiento de sus vinos algún bocadillo, con el ánimo de que sus clientes pudieran tener algo en el estómago y paliar de esa manera su porcentaje de alcohol en la sangre.
Otra versión muy probable del crecimiento del tapeo, es la antigua aplicación de una táctica de venta arraigada hasta la actualidad y que tiene mucho que ver con nuestro querido y culinario fenómeno de ósmosis: a mayor porcentaje de sal en el cuerpo, más líquidos consumiremos, lo que para el tabernero no implica otro interés que el de recaudar más.
De todos modos, ninguna de las historias aclara realmente si a Alfonso X lo llamaron “El Sabio” por su obras de interés literario y por impulsar la continuidad de la Escuela de Traductores de Toledo, o por haber sido el descubridor de los estimulantes placeres que regala la degustación de una buena Tapa.